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A ningún lugar contigo

Un viaje a ningún lugar

Quiero ir a ningún lugar contigo
Tejer telarañas de caricias
Quedar atrapada allí por siempre
Burlar las normas y crear las mías

Quiero desayunar tostadas con deseo
Dormir la siesta en tu regazo
Inventar un idioma con miradas
Despistar al tiempo todo el rato

Quiero apostar todo a una carta
Borrar lo correcto en mi cabeza
Iluminar la noche, apagar el día
Y que mi amor no conozca a la pereza

Quiero y no puedo, pero lo intento
Soy muy niña todavía
He comprado los billetes  del futuro
Y viajaremos juntos algún día

El jarrón roto

jarron roto

No hay pegamento que pueda arreglar el jarrón que se me rompió. Junté todas las piezas, una a una, por pequeña e insignificante que me pareciera, porque pensé que todas eran importantes y que, incluso las más pequeñas,  servían de apoyo para otras quizá más grandes pero, no por ello, más importantes.

Le dediqué tiempo, paciencia y cariño, porque las cosas hechas con cariño siempre salen mejor, es el ingrediente secreto. Pero, a pesar de mi dedicación, el jarrón nunca será el mismo. A simple vista tiene grietas, muchas grietas, aunque no me importa demasiado su aspecto físico. Si le echo agua para poner unas flores, el agua se filtra por las juntas, esas que con tanto mimo pegué.

Me gustaría retroceder en el tiempo hasta el momento justo en que dejé caer el jarrón de mis manos. Si pudiera, lo sujetaría firmemente pero sin apretar, lo admiraría por su belleza y agradecería en cada momento, lo útil que me resulta y cuánto me gusta que sea mi jarrón. Nunca le dije todas estas cosas porque nunca pensé que se me pudiera caer y romper en mil pedazos. Tampoco pensé que, aunque pegara todos los trozos, ya no sería el mismo jamás.

Sencillamente hay cosas que no se pueden arreglar aunque lo intentes, aunque lo desees y sólo descubres cuánto te gustaban, cuando ya están rotas o cuando has intentado pegar sus pedazos con la intención desesperada de recuperar lo perdido.

Monstruos

palomitas de maiz

Los adultos siempre nos dicen que los monstruos no existen pero eso no es verdad. Muchos creen que son producto de nuestra imaginación porque, como ellos no son capaces de imaginar más allá de los planes del próximo fin de semana, no saben que una cosa es imaginar y otra muy distinta es creernos lo que inventamos. ¡Ni que fuéramos tontos! Yo tengo once años y me gusta imaginar que de repente me vuelvo tan ligera, tan ligera, que comienzo a flotar. Me tumbo en mi cama, con los brazos en cruz y las piernas un poco abiertas, cierro los ojos y me dejo llevar por esa sensación de peso pluma. Imagino que me elevo, voy subiendo, traspaso el techo de mi habitación y me cuelo en la habitación de mi vecino de arriba, un chaval raro que lleva pendientes en la ceja y la lengua y habla como si le pesaran las palabras en la boca. Me elevo y me elevo cada vez más y salgo al exterior por el patio del edificio donde las vecinas tienden la ropa, toda la ropa, hasta esas bragas que parecen paracaídas. Ese es el mejor momento de mi imaginado viaje. Como ya he alcanzado el cielo me puedo permitir el lujo de planear como un avión de acrobacias, pero sin ruido ni humo. A la derecha y a la izquierda, unos metros cayendo en picado y de nuevo hacia arriba. ¡Es fantástico! Si quiero, y puestos a imaginar,  toco las nubes con los dedos. La sorpresa viene cuando descubro que no es cierto que sean como de algodón, como dicen los mayores, sino de merengue, igualitas que como cuando mi abuela bate las claras con azúcar a punto de nieve, así que me las como. Y cuando ya me he cansado de estar por los aires comiendo merengue decido que es momento de volver a mi cama.

Pues bien, que yo imagine que atravieso las paredes y puedo volar así, sin más, no significa que yo realmente pueda hacerlo y me lo crea. Es sólo producto de mi imaginación, que puedo encender o apagar como la tele con el mando. Eso es lo que pasa con los monstruos, algunos los imaginamos pero otros existen de verdad.

Cuando yo era más pequeña mis padres me contaban cuentos de brujas, fantasmas y monstruos. Incluso me hice una colección de vídeos donde los protagonistas principales eran monstruos de peluche. Aquello sí que era increíble: un monstruo de color azul que vivía obsesionado por comer galletas y que se paseaba por un barrio donde ninguno de los vecinos se asombraba por verlo por allí. ¡Vamos, me imagino el grito de mi abuela si se encuentra a uno de esos en el mercado pidiéndole la vez! Esos sí eran producto de la imaginación.

Pero hay otros que son muy reales. No son azules, ni verdes, ni rojos, realmente no tienen ningún color, aunque si tuviera que pintarlos elegiría el gris, porque no me gusta nada. Tampoco son de peluche, ni de plástico, ni de cartón, porque no son de nada que se pueda tocar con las manos.

Un día mientras jugaba con la “play” y estaba a punto de pasar a la pantalla número tres, escuché un sonido casi mudo. Agudicé el oído como cuando alguien te sopla en un examen y tienes que prestarle mucha atención y me di cuenta de que aquel sonido era el de mi madre llorando. Bueno, realmente no lloraba, ahogaba su llanto en un pañuelo de papel que se llevaba a la boca y con el que se limpiaba las lágrimas. Estaba casi deshecho de tantas lágrimas que había limpiado y también muy arrugado por los apretujones que le daba. Desconecté el juego y me acerqué muy despacio, para que no me oyera. Estaba sentada en una banqueta frente a la mesa plegable de la cocina. Ella no se dio cuenta de que yo estaba allí, escondida detrás de la puerta que se encontraba entreabierta. Suspiraba y gemía porque creo que llevaba tanto tiempo llorando que ya no le quedaban lágrimas, así que, sólo gemía.

Mi madre es muy alegre y siempre está contenta. Cuando yo me enfado por algo o me pongo triste siempre sabe qué es lo que me tiene que decir. Me abraza, me dice lo mucho que me quiere y me prepara un recipiente de palomitas saladas, como a mí me gustan. Según mamá, comer palomitas es como comer alegría, porque todas juntas montan una fiesta en el estómago para celebrar que ya no son un grano de maíz. Siempre funciona. Al rato ya se me ha pasado el enfado o la tristeza y, a veces, ni siquiera me acuerdo de el porqué me encontraba así.

Mirándola allí sentada y triste, me dieron ganas de prepararle palomitas para que se las comiera, así que entré y le di un beso en la mejilla que aún estaba un poco mojada por las lágrimas. Ella me abrazó y me devolvió el beso y, sin decir ni media, puse en marcha el microondas para que sólo dos minutos fueran suficientes para cambiar su tristeza por alegría. Cuando le puse delante toda esa montaña de palomitas sonrió como si sólo su olor ya le estuviera haciendo efecto. Me sentó en sus rodillas y nos hinchamos a comer.

Ella no me dijo porqué lloraba, pero yo lo sé. Había visto un monstruo, uno de verdad. No sé si era un monstruo de la desidia, o el de la pena, o el monstruo de la injusticia, pero seguro que era cualquiera de ellos. Se había encontrado con él y le había hecho llorar. Suerte que estaba yo allí con las palomitas.

Si tú alguna vez te topas con alguno de esos monstruos en la vida y no tienes palomitas, recuerda que lo mejor que puedes hacer es no tenerle miedo. Muchas veces son tan cobardes que cuando ven que no te asustan, se largan. Y si no se van, plántales cara, ya verás cómo se hace tan chiquitito, tan chiquitito, que llegará un momento en que desaparezca. Pero, además de las palomitas hay otro antídoto para el mal de monstruos, uno que no necesita microondas porque siempre lo llevamos con nosotros, uno que no ocupa lugar y que no se compra, por eso siempre podemos echar mano de él. Contra los monstruos de la vida, busca siempre a alguien que te quiera, porque el amor puede con todos ellos. No lo olvides.

Te perdí en una mudanza.

Te perdí en una mudanza.

Lo guardé todo en cajas de cartón con un nombre en la solapa. Envolví los recuerdos en papel de periódico para que no se rompieran y con mucho cuidado los clasifiqué para no hacerme un lío cuando los desembalara. Los de la infancia ocupaban poco, así que para ellos utilicé una caja pequeña. Los recuerdos felices mejor ponerlos en una caja aparte, no vaya a ser que se pierdan y los tristes, mejor aprovecho para hacer limpieza, pensé,  y los tiré al contenedor del reciclaje. 

 

A ti te guardé en una caja que ponía “frágil” para que no te dañaran los golpes y, al llegar a la nueva vida, pudiera rescatarte. Con amor de esos que sólo existen en los cuentos de niños que, de tan puro sólo lo fabrican las hadas, te llevé conmigo al país de nunca jamás. Y allí estaba yo, ordenando las estanterías de mi vida tras una mudanza y un cambio de piel como las serpientes, cuando busqué tu caja y no la encontré. Te quedaste por el camino, no sé muy bien dónde. Ahora, mientras busco en la oficina de objetos perdidos, sólo me consuela pensar que lo que yo perdí quizá alguien lo encuentre en el camino de vuelta de su destino.

El Deseo

deseo

 

 El deseo vive en el lado derecho de mi cama.

Arropadito entre las mantas para darme calor.

Si le doy la espalda me jadea en la nuca, esperando  y muriendo de ganas por tenerme.

El deseo es ardiente pero no quema, es impaciente pero no insiste, es celoso pero me entiende.

El deseo no descansa ni duerme, sólo retoza para sentirse vivo.

El deseo es juguetón y caprichoso, lo mismo me coge la mano y me invita a recorrerlo que me mira sin tocarme para saberse mi dueño.

El deseo no es servil pero me complace.

Es el rey de la seducción, el más poderoso.

Es invisible como todo lo que importa en la vida.

El deseo es adictivo, vital como el aire y húmedo como el agua.

El deseo me domina.

El deseo me domina porque yo quiero.

La Felicidad

La felicidad

La felicidad no existe en sí misma, es etérea.

No se atrapa y no se queda, siempre se evapora.

La felicidad consiste en su búsqueda.

Ella no es más que su camino y nunca el destino.

Nunca es absoluta ni universal.

Nunca permanece, siempre se transforma.

Mi felicidad sólo es mía y la tuya me es indiferente.

A veces es un deseo y otras un recuerdo.

Pocas veces es una realidad.

La felicidad es un viaje con paradas en la decepción.

Es complicada como un puzzle de mil piezas.

Y frágil como una pompa de jabón.

La felicidad es dulce cuando no es amarga.

Es gratis cuando no se paga.

Y cara cuando tiene un precio.

La felicidad viaja en autopista de peaje.

No vive en la pobreza.

Y nunca visita a la enfermedad.

Tú y Yo

Tú y Yo

Tú y yo contigo.
Tú y yo a solas.
Tú y yo revueltos.
Tú y yo en silencio.
Tú y yo y tus besos.
Tú y yo y los míos.
Tú y yo de fuego.
Tú y yo durmiendo.
Tú y yo de día.
Tú y yo de noche.
Tú y yo abrazados.
Tú y yo sufriendo.
Tú y yo contentos.
Tú y yo riendo.
Tú y yo en la vida.
Tú y yo muriendo.
 

Fui silencio

 

darwin_silencio
 En otra vida fui silencio. Vivía en boca cerrada. que no entran moscas y, a veces, de pura rabia, gritaba sin ser oído. Muchas veces cuando estaba en compañía me decían que resultaba incómodo pero eso sólo me ocurría cuando estaba con alguien que no gozaba de mi confianza. Mis amigos siempre se sintieron cómodos conmigo porque sabían muy bien que eran mis miradas las que les hablaban sin palabras.
En una ocasión viajé al mundo de las promesas incumplidas y allí quisieron que gobernara. “Mejor no decir nada que no cumplir con lo dicho”, me decían y me nombraron ministro de la prudencia.
Otra vez me instalé en el reino de las palabras, pero no me gustó el lugar. Allí todo era bullicioso y, salvo en el barrio del amor, sus habitantes estaban perdidos y vivían como esclavos de quienes las pronunicaban. Yo allí fui libre en un mundo de esclavos y por ello todos me envidiaron.
Con los años fui muy respetado y, al morir, todos en mi funeral me recordaron como un hombre libre, prudente y en quien se pudo confiar.

CAMINEMOS

caminando-juntos
 Yo te cojo de la mano 
y hacemos el camino juntos
sin olvidar el pasado
y construyendo el futuro.
Yo te daré la respuesta
a tu pregunta incompleta
No hay razones que no entienda
ni prejuicios que no sienta.
Yo seré tu verano
cuando el frío te atenace
mi cálida voz y mis manos
compañeros de viaje.
Yo cogeré unas flores
para adornar tu peinado
trenzaré tu cabello
y soñaré en tus brazos.
Yo seré tu maleta
tu equipaje perfecto,
tu bastón, tus buenos días
tu bienvenido y tu hasta luego.
Yo venderé tus penas
para comprar nuevos sueños.
El camino será largo
y nosotros sus viajeros.

Recuérdame

recuerdame

Recuérdame con la ilusión de un niño con zapatos nuevos, con el sabor del primer beso, con el aroma del café.

Recuérdame con la luz tenue de un atardecer y cuando quieras olvidarme, recuérdame.

Recuérdame sólo un segundo y añórame una vida entera.

Recuérdame durmiendo en los sueños compartidos y recuérdame despierta en los sueños que rompiste.

Recuerda  nuestros desayunos calientes y nuestras cenas frías.

Recuerda mis encargos de cariño a domicilio.

Cuando quieras morir en vida y vivir muriendo, recuérdame y mi ausencia será tu castigo. Viajaste sin peaje y ahora no hay camino sin olvido.

Recuérdame de pie cuando viví arrodillada y guárdate mis silencios de gritos ciegos.

Y cuando desees robarle al tiempo tus recuerdos no olvides que, aunque pegues de nuevo sus pedazos, nunca más serán realidad.

Recuérdame que yo te olvido.

 

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